Por Norberto G. Asquini

Las agendas política y sanitaria de La Pampa se superponen y un tema va silenciando a otro en cuestión de horas. El gobernador Sergio Ziliotto tuvo que afrontar en los últimos días un subibaja comunicacional con buenas noticias y no tan buenas.

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Repasemos. Los dos casos de coronavirus que se detectaron en Santa Rosa lo encontraron apenas llegado de su aislamiento tras el viaje a Buenos Aires. La sociedad santarroseña se conmocionó y las redes sociales ardieron por los dos contagios que fueron contenidos. El mal, que se veía lejano, cayó de la nada para instalarse. La burbuja estalló y dejó descolocados a muchos. Para otros, la vida continuó igual, que fue lo preocupante.

La decisión de la Corte Suprema de devolverle un caudal del río Atuel a la Provincia lo vivió como un festejo por la concreción en los hechos del rumbo de una política de Estado que hoy tiene sus frutos. La provincia comienza a ser escuchada. El despojo mendocino ahora es frenado por Nación o por la Justicia. No se podía más que celebrar ese fallo.

Esta semana el mandatario anunció una de sus promesas de campaña y fue un lanzamiento que pretende convertirse en uno de los pilares de la reconstrucción pospandemia (difícil usar esta categoría que no tiene sentido en medio de la misma pandemia) de La Pampa: la realización de mil casas en toda la provincia.

El brote tan temido

Pero estos meses en los que se trastocó la normalidad a nivel global, golpeando desde los gobiernos de las principales potencias hasta la vida cotidiana de cualquier pueblo de provincia, no dejaron afuera a La Pampa. En ese maremágnum emocional donde la realidad puede cambiar de un momento a otro, el gobierno provincial se encontró en los últimos días en las puertas del infierno tan temido.

El brote de Covid-19 más importante de los últimos cuatro meses saltó en Catriló, una de las localidades en el límite con la provincia de Buenos Aires. Por supuesto, no es una cuestión local: los casos se van multiplicando en el interior argentino y se empiezan a restringir nuevamente actividades.

No vamos a decir que la noticia del brote sorprendió: se sabía que podía ocurrir (llegó mucho más tarde de lo previsto y los casos de Santa Rosa hicieron asimilar mejor estos hechos); encuentra al Estado provincial preparado para una emergencia sanitaria; y se aborda y se contiene algo tan difuso, complejo y contagioso como el coronavirus, rápidamente y con eficiencia.

La propagación del Covid-19 ya no depende del gobierno, sino de la responsabilidad social. Esa que se cansó de predicar Ziliotto y que parece se fue esfumando con el paso de los días y el agotamiento de parte de la sociedad con una cuarentena extensa, aunque necesaria.

Irresponsables y corresponsables

Los anticuarentena hicieron también su parte (y buena parte) con la prédica de la “infectadura” o el “acá no pasa nada” para ayudar a esta situación. Aplicaron el mismo “sentido común”, peligroso e irresponsable, que se utilizó para el “algo habrán hecho” o el “mejor no meterse”, salvando las distancias.

Cualquiera puede salir a la calle y encontrarse con alguna situación que ejemplifique ese peligroso “sentido común”. Santa Rosa, avenida Luro, viernes 17 horas: cinco grupos de adolescentes, todos sin barbijos, compartiendo cada uno el mate entre sus integrantes. Santa Rosa, un restaurante en las afueras: atención de los mozos sin tapabocas, ni registro de clientes e inspectores que fueron al lugar y no controlaron. General Pico, despensa de barrio: preventista llega al comercio, sin barbijo y pide un mate a la dueña, que (responsablemente) se lo niega. Los males sociales comienzan por la indiferencia, la torpeza o la complicidad de cada ciudadano de pie.

Pueblos aislados, regresos puntuales a la fase 1, búsqueda de contactos estrechos es una realidad que deja en estos días el brote pampeano y que convive con la “nueva normalidad” que se observa en otros lugares. Ziliotto y las distintas gestiones deben y deberán convivir por un buen tiempo con esta dualidad. La iniciativa para reconstruir la economía y contener lo social, y los frenos y condicionamientos que le impone la pandemia. Del subibaja entre los aplausos y las puertas del infierno.